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La singularidad
de Fisterra surge de la conjunción de símbolos que la
tradición y la historia le fueron atribuyendo. Un territorio
marcado por el término, la frontera, el ocaso metafórico
de un itinerario -que también es punto final del Camino
de Santiago- al que se llega para iniciar posteriormente el retorno. |
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Aquí
confluyen, desde tiempos inmemoriales, la realidad de una naturaleza
sorprendente con los valores culturales y etnológicos de
una comarca que es preciso descubrir para avivar la capacidad de
asombro.Acercarse a Fisterra es como habitar en un mundo de ensueño
en el que el mar es el eje que perfila su morfología peninsular,
condiciona la estructura de sus comunicaciones, dicta los hábitos
y costumbres de sus habitantes.
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Sin duda
es el paisaje el elemento que prioriza los recursos meidoambientales
de su atractivo turístico, entre los que destacan la línea
de costa y los acantilados, las playas agrestes de la costa occidental
junto a las conocidas como O Sardiñeiro, Langosteira, Rostro
y Mar de Fora.
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Singularmente
destacable es la zona del Cabo, último punto de la Costa
de la Muerte, donde se tiene la sensación de haber alcanzado
el fin del mundo. Asomarse aquí, ante la inmensidad del mar
abierto, para contemplar una puesta de sol -como ya hiciera el conquistador
romano, Décimo Juno Bruto- es algo que no se puede hacer
sin estremecerse.
Pero lo mismo podemos decir de su patrimonio
monumental, del conjunto urbanístico de la villa con sabor
marinero y de la arquitectura tradicional de las aldeas que conforman
el municipio.
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Pero
aún hay más. Pues los forasteros que se acerquen
a la villa no dejarán de sentirse sorprendidos por el atractivo
de sus fiestas y las excelencias de su gastronomía, entre
las que destaca el Longueirón como marisco emblemático
de la zona.
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