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Cuando partimos del puerto
de Vigo me dije: adiós España que ya no vuelvo más. Roberto Traba Velay
Cuando conocí a Carmen, hace unos días, estaba planchando en casa de mi madrina. Pensé que era una amiga. Parecía tan normal verla planchando una camisa que cualquiera podría pensar que llevaba en casa toda la vida. Sin embargo, Carmen lleva cuarenta y siete años fuera de su Fisterra, emigrada en Argentina. Le propuse una entrevista para el FINISTERRE y me contestó con ese acento tan sonado, "pero yo que te voy a desir, che". A lo que yo le respondí, "seguro que muchas cosas, seguro que muchas cosas". Quedamos pues para el lunes, a las ocho de la tarde. Mi prima fisterrana recién llegada de Argentina me estaba esperando con puntualidad alemana. Nos sentamos alrededor de una mesa, ella, sus primas y yo. Comenzamos: - ¿Recuerdas el día que te fuiste? - Claro que si. Ese día es inolvidable. Fue el 2 de noviembre de 1950, hace cuarenta y siete años. Yo tenía diecinueve. - Dime, ¿cómo fue el último día? Carmen saca un pañuelo. Carmen no llora, no le caen las lágrimas, pero los ojos se le vuelven de una humedad tan triste que todos nos contagiamos de su sentimiento. - Tal vez fuera casualidad, pero el día anterior a mi marcha fui al cine. Daban una película de emigrantes que me hizo llorar toda la noche. Di una vuelta por el pueblo y después fui al baile de Pepe do Café, y me despedí de todos. Había también otro baile enfrente, el de Pepe del albañil, pero yo siempre iba al del Café. Me fui con mi madre, una cuñada y dos sobrinas. Mi padre ya se había marchado hacía dieciseis años, no lo había visto desde que tenía tres. Me daba mucha pena dejar Fisterra, pero quería ver a mi padre, y por todo el oro del mundo no me quedaría aquí. Los recuerdos de Carmen se esparcen por la cocina. Todos estamos callados. Yo imagino la sensación extraña que tendría aquel día Carmen. Por un lado, la tristeza y por otro, la alegría. Sigue contando… - El 1 de noviembre cuando embarcamos llovía. Nos pusieron a todos en fila india y teníamos que ir subiendo a bordo. Allí estuvimos en el barco hasta el día 2 que zarpamos. Cuando salíamos del puerto miré hacia Vigo y me dije: "Adiós España que ya no vuelvo más". - ¿Cómo fue el viaje? - Tardamos dos días en llegar a Canarias. Eramos ochocientos pasajeros y allí completamos los mil. Recuerdo que en las Canarias descubrieron un polizón. Todos tuvimos que salir al corredor para mostrar los pasajes. Al polizón lo encontraron debajo de un bote salvavidas, bajo una lona. Lo dejaron en tierra. Carmen continúa recordando y hablando. Yo, como estoy ávido de saber le pregunto cuando llegaron a Buenos Aires. - Llegamos el 17 de noviembre, tras diecisiete días de navegación. Pero, "pará un momento que aún hay muchas cosas que contar viejito" -yo sonrío y ella sigue-. Nosotros íbamos abajo, en una bodega. No era exactamente una bodega, era algo así como una gran sala de un Hospital General. Dormíamos en literas y recuerdo que hacía un calor impresionante. Hasta se derretían las gomas de los zapatos. La gente vomitaba. Al llegar al Ecuador nos hicieron una fiesta de agua. Todo el mundo se mojaba. Era el bautismo de la línea del Ecuador. Durante la travesía también nació una niña. El capitán le puso de nombre Estela Maris. A medida que transcurre la conversación voy imaginando que la historia de Carmen Fernández Aseán bien pudiera ser el guión de una película en blanco y negro. - Llegamos, por fin, a Buenos Aires y nos vino a recibir mi tía Concepción. Nos fuimos con ella a Avellaneda. Recuerdo que cruzamos un gran puente y ella me dijo: "Mira ahí tenés la cancha del Boca". Yo por aquel entonces no sabía ni lo que era el Boca. Era el campo del Boca Juniors. "Pero apuntá Roberto que yo soy del Independiente de Avellaneda". - ¿Tú lo que deseabas era ver a tu padre? - Mi padre estaba en Comodoro. Nosotros estuvimos mes y medio en Avellaneda y después partimos hacia Comodoro en un petrolero llamado "El Conquistador". Tardamos en llegar cuatro días. Era Navidad y como tenía una radio busqué en la onda corta y encontré una emisora española. Debía ser Radio Nacional. Había mucha algarabía. Como en Comodoro no había puerto desembarcamos a 16 kilómetros, en un puerto de la compañía que se llamaba "Puerto Piojo". Imagínate, ni siquiera tenía puerto de atraque. Fíjate que desembarcamos de uno en uno del petrolero a una lancha. Bajábamos en un cajón "y fíjate", la lancha que nos venía a recoger era de mi padre. Allí, en aquella pequeña lancha le di mi primer abrazo después de dieciséis años. Recuerdo que cuando vi aquel lugar tenía catorce casas y dije: "Ay Dios, donde me he metido". Carmen continúa su monólogo, su historia. Y los que escuchamos estamos encantados. - El primer día que fui a Comodoro conocí al que más tarde sería mi marido, Cecilio Ortego. Sus padres eran de Muriel Viejo, un pueblo cercano a Aranda del Duero (Soria). Por lo tanto, mis hijos llevan sangre gallega y castellana. Todas sus raíces las tienen acá. - Conozco su respuesta, pero quiero escucharla, así que le pregunto. ¿Te acordaste mucho de España? - Casi todos los días. Estuve treinta años sin apenas saber nada de España, sólo por carta. Hasta que un día llegó la televisión por cable y ya veíamos Televisión Española. Me ha quedado la pena de que mi padre murió un año antes. No pudo ver otra vez España, aunque que fuera en imágenes. Carmen es un torrente. - Estuve casada cuarenta y cinco años. Tuve tres hijos, Costanza del Carmen, José Antonio y Diana Aida, que me han dado siete nietos y una bisnieta. Todos tienen muchas ganas de venir. Mis hijos son españoles, tienen el pasaporte español. A Carmen se le nota el orgullo de que sus hijos sean españoles. Repite varias veces lo de que tienen el pasaporte. Claro que si. ¡Cómo no lo van a tener si su madre es de Fisterra!. Se nos termina el espacio y, por último, invito a Carmen a que me diga cómo ha encontrado Fisterra. - Me ha gustado mucho. Encontré una Fisterra moderna y grande. Hecho de menos la casa donde vivía, en la Calle Real, ya no está. La plaza siempre estaba llena de gente, ahora me ha desilusionado un poco que el ambiente esté en el puerto. Da la impresión de que la plaza ha quedado para estacionar coches. Yo quedaría aquí si no fuese porque tengo allá mi familia. Me parece que fue ayer cuando me fui y ya han pasado cuarenta y siete años… Cuarenta y siete años, Carmen. Casi toda una vida. Pero ahora ya puedes disfrutar otra vez de tus amigos. Como si fuera ayer. Después de tanto tiempo tu gente te da la bienvenida y, como se dice por aquellas tierras, "que bueno que viniste, Carmen". visite nuestros anunciantes |
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